Luis Pásara, los VIP las prefieren putas

domingo, 23 de marzo de 2008



Los VIP las prefieren putas (peru21, 23 de marzo, del 2008)
Actores, predicadores y políticos son descubiertos como clientes de servicios sexuales. Una extraña muestra de la relación entre poder y sexo. El que era gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, ha hecho escándalo con algo que, sin embargo, ya no causa sorpresa. Su condición de cliente de una prostituta profesional de 22 años -que puede enriquecerse con las ofertas de contratos que recibe en estos días- ha significado para él llegar súbitamente al final de una carrera política importante que, según algunos, podía haberlo llevado a ser candidato presidencial. Spitzer pavimentó su propio camino de éxito político como un fiscal implacable, un defensor insobornable del orden y las buenas costumbres, que procesó un par de organizaciones de prostitución, entre otras agrupaciones del vicio. Y, de pronto, se descubrió que este ángel del bien había gastado una suma astronómica en pagar prostitutas. Mil dólares la hora costaba la hermosa cantante fracasada de quien era cliente regular. En España acaba de ser noticia la historia protagonizada por un concejal del conservador Partido Popular, a quien durante su carrera política se consideró un padre de familia ejemplar que se negó a casar a parejas homosexuales, en razón de su proclamado catolicismo que le aconsejó reprobar una relación que la doctrina de la Iglesia considera aberrante. Se ha descubierto que pagó, con fondos de una empresa pública a su cargo, miles de euros en un burdel homosexual. Su preferencia sexual lo llevó a inclinarse por los putos. Periódicamente se renuevan las pruebas de que hay mucho de hipocresía en los defensores de la moral. En los últimos años, decenas de sacerdotes católicos han sido denunciados por ex acólitos o catequistas que fueron ultrajados cuando eran niños o adolescentes; se ha verificado que casi siempre el pederasta contó con la complicidad del respectivo obispo, que consagró la doble moral mediante el encubrimiento. Entre los evangélicos, un predicador como Jimmy Swaggart, que en sermones dramáticos exigía arrepentirse de sus pecados a millones de seguidores por televisión, fue descubierto hasta en dos ocasiones en el pecado del 'sex for money'. Su negocio religioso, que le ha procurado millones de dólares de 'contribuciones', ha disminuido pero sigue operando. Con ser aleccionador comprobar la hipocresía de tantos farsantes, esa parte de la historia tiene poco de intrigante. Lo que despierta la curiosidad es por qué personajes de éxito resonante en su campo se ven impulsados a pagar por obtener servicios sexuales. Un día fue el admirado actor inglés Hugh Grant. En otra ocasión fue el hombre a quien George W. Bush había encargado la lucha contra el sida en el mundo, Randall Tobias, quien al mismo tiempo dirigía la agencia de cooperación estadounidense, USAID. Que la conexión clave es la del poder nos lo hizo ver el caso Profumo, el primer gran escándalo de este tipo en la historia reciente. Christine Keeler cumplió 66 años el mes pasado, pero tenía 21 cuando ganó los titulares de los diarios en 1963. Como prostituta, tuvo como cliente estable al secretario de defensa inglés, John Profumo, al mismo tiempo que prestaba servicios similares al agregado naval ruso en Londres. El gobierno conservador de Harold Macmillan resultó afectado y los laboristas ganaron la siguiente elección. Sin duda, el caso de Profumo y Christine no fue el primero de una prostituta que entusiasma a un hombre del mundo del poder. En el Perú de los años cincuenta se rumoreó que la caída sufrida por el general Odría, que le valió una cojera durante el resto de su vida, se produjo hallándose borracho en medio de una orgía. Y Alejandro Toledo, cuando ya disfrutaba de popularidad como líder opositor, fue hallado en circunstancias incómodas para su imagen, que resultaron de público conocimiento. Probablemente, la relación entre figuras públicas y prostitutas es asunto antiguo. Pero antes no trascendía el círculo de enterados y los medios de comunicación no se atrevían a difundirlos. Por el contrario, hoy son carne de las primeras planas y los protagonistas se convierten en personajes: ellos, caídos en desgracia; ellas, en el centro de una popularidad efímera. Más de cuadro décadas después del caso precursor de Profumo/Keeler tuvo lugar el juicio a Deborah Palfray, retirada en 2006 luego de haber dirigido durante 13 años una exitosa empresa de provisión de servicios sexuales a políticos de Washington D.C. Pamela Martin and Associates -tal era el elegante nombre de la firma- reclutaba a mujeres con formación universitaria, que usualmente tenían una ocupación profesional como actividad principal, para que 'cachuelearan' como prostitutas contratadas por dirigentes públicos. En el juicio, Deborah amenazó más de una vez con publicar su agenda telefónica de los clientes que en promedio pagaban 275 dólares por noventa minutos de atención. Y la tensión se prolongó durante meses. Aunque el caso de Spitzer nos hace saber que las tarifas han sufrido un fuerte impacto inflacionario, la historia es más o menos la misma. Hombres con poder buscan prostitutas -generalmente caras- para ¿tener sexo? Sí, probablemente. Pero esa respuesta no es suficiente como explicación. Especialmente, para dar cuenta de una práctica de alto riesgo consistente en el precio a pagar en caso de quedar al descubierto. Ni la relación sexual misma, ni las posibles perversiones a las que una prostituta se supone dispuesta a complacer, parecen conformar una respuesta suficiente. Tal vez se trate de una forma, absurdamente desmesurada, de vivir cómo se ejerce el poder a través de la realización de un acto prohibido. Quien disfruta del éxito -más si lo ejerce desde la política- se siente por encima de los demás y acaso por ello íntimamente autorizado a permitirse lo que los otros no pueden alcanzar. Una prostituta cara puede ser un terreno, relativamente inofensivo respecto de los demás, para ejercer ese derecho autoconferido a la transgresión. Sin duda, peor es que la borrachera del poder lleve a matar a alguien, sólo para probarse a sí mismo una superioridad malsana. Que de esto también hay ejemplos. Avanzar en la explicación requeriría elementos probatorios que sólo las partes involucradas pueden confiar. De momento, tranquilicémonos con saber que todavía esta estúpida forma de expresar el dominio sobre otros -y pagar a una prostituta para disponer de su cuerpo es una manera abyecta de ejercer ese dominio- todavía merece sanción. Que desemboca en renuncias, públicas inculpaciones y caídas en desgracia. El mundo sería peor de lo que es si desenlaces como el que ha tenido la exitosa carrera de Spitzer dejaran de producirse.

Posted by Roberto at 18:43  

0 intruso(s):

Publicar un comentario